Hacía días que ni aparecía por el nido. Cumplió a la perfección su papel de padre, en cada momento. Llevó puntualmente el pescado a casa. Se lo entregaba a mamá y volaba. Dejaba espacio para que ella les diese el alimento, de pico a pico, y se encargarse de enseñarles buenos modales con el ejemplo. Hoy, cuando de los tres hijos, los dos mayores vuelan y consiguen su comida, papá ha vuelto con una trucha para el pequeño. Había una razón: una gran tormenta de granizo. Por primera y única vez, el padre ha empezado a darle de comer a su hijo. Por poco rato. El chico ya come solo. A mamá no la hemos visto. No era necesaria. Buenos cuidadores y educadores: ni un ápice de sobreprotección. Como antes y como tendrá que ser en el futuro, si lo hay. ¡Ay!
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