El chute de adrenalina está por las nubes. Paso de las modernas atracciones. Nada de lo nuevo supera mi recuerdo del Látigo Pérez, con derecho a roce. El azar y, a veces, la velocidad procuraban encuentros fortuitos entre cuerpos nuevos, saturados de hormonas, que aun no habían aprendido a hablar.
Décimo cuarta salida
Hoy evito el roce a toda costa. Tomo con precaución el transporte público. No tengo prisa. Espero la oportunidad de poder sentarme. Ya estoy en esa edad en la que las personas jóvenes bien educadas te ceden el asiento. Me gusta el gesto. Me pone en mi sitio. Si no fuese por el cansancio, pienso que soy joven. ¡Me queda tanto por aprender, ahora que empiezo a hablar!

